sábado, 29 de junio de 2013

Lo timó, Chejov

En tiempos de antaño, en Inglaterra, los delincuentes condenados a la pena de muerte gozaban del derecho a vender en vida sus cadáveres a los anatomistas y los fisiólogos. El dinero obtenido de esta forma, aquéllos se lo daban a sus familias o se lo bebían. Uno de ellos, pescado en un crimen horrible, llamó a su lugar a un científico médico y, tras negociar con él hasta el hartazgo, le vendió su propia persona por dos guineas. Pero al recibir el dinero él, de pronto, se empezó a carcajear…
-¿De qué se ríe? -se asombró el médico.
-¡Usted me compró a mí, como un hombre que debe ser colgado -dijo el delincuente carcajeándose-, pero yo lo timé a usted! ¡Yo voy a ser quemado! ¡Ja-já!

Vampiros en la Habana

Entretenida película con tonos políticos.
http://www.youtube.com/watch?v=6wJFHjgAd0w

Estrenos de cine 2013

http://www.youtube.com/watch?v=DPY76uKgpf8

Kroptkin

La literatura, la ciencia y el arte deben ser servidos por voluntarios. Solo con esa condición conseguirán liberarse del yugo del Estado, del capital y de la mediocridad burguesa que los ahoga.

viernes, 28 de junio de 2013

La fabula de los ciegos, Hesse.

Durante los primeros años del hospital de ciegos, como se sabe, todos los internos detentaban los mismos derechos y sus pequeñas cuestiones se resolvían por mayoría simple, sacándolas a votación. Con el sentido del tacto sabían distinguir las monedas de cobre y las de plata, y nunca se dio el caso de que ninguno de ellos confundiese el vino de Mosela con el de Borgoña. Tenían el olfato mucho más sensible que el de sus vecinos videntes. Acerca de los cuatro sentidos consiguieron establecer brillantes razonamientos, es decir que sabían de ellos cuanto hay que saber, y de esta manera vivían tranquilos y felices en la medida en que tal cosa sea posible para unos ciegos. 
Por desgracia sucedió entonces que uno de sus maestros manifestó la pretensión de saber algo concreto acerca del sentido de la vista. Pronunció discursos, agitó cuanto pudo, ganó seguidores y por último consiguió hacerse nombrar principal del gremio de los ciegos. Sentaba cátedra sobre el mundo de los colores, y desde entonces todo empezó a salir mal. 
Este primer dictador de los ciegos empezó por crear un círculo restringido de consejeros, mediante lo cual se adueñó de todas las limosnas. A partir de entonces nadie pudo oponérsele, y sentenció que la indumentaria de todos los ciegos era blanca. Ellos lo creyeron y hablaban mucho de sus hermosas ropas blancas, aunque ninguno de ellos las llevaba de tal color. De modo que el mundo se burlaba de ellos, por lo que se quejaron al dictador. Éste los recibió de muy mal talante, los trató de innovadores, de libertinos y de rebeldes que adoptaban las necias opiniones de las gentes que tenían vista. Eran rebeldes porque, caso inaudito, se atrevían a dudar de la infalibilidad de su jefe. Esta cuestión suscitó la aparición de dos partidos. 
Para sosegar los ánimos, el sumo príncipe de los ciegos lanzó un nuevo edicto, que declaraba que la vestimenta de los ciegos era roja. Pero esto tampoco resultó cierto; ningún ciego llevaba prendas de color rojo. Las mofas arreciaron y la comunidad de los ciegos estaba cada vez más quejosa. El jefe montó en cólera, y los demás también. La batalla duró largo tiempo y no hubo paz hasta que los ciegos tomaron la decisión de suspender provisionalmente todo juicio acerca de los colores. 
Un sordo que leyó este cuento admitió que el error de los ciegos había consistido en atreverse a opinar sobre colores. Por su parte, sin embargo, siguió firmemente convencido de que los sordos eran las únicas personas autorizadas a opinar en materia de música

martes, 18 de junio de 2013

Quien sabe? Guy de Maupassant

¡Señor! ¡Señor! Al fin tengo ocasión de escribir lo que me ha ocurrido. Pero ¿me será posible hacerlo? ¿Me atreveré? ¡Es una cosa tan extravagante, tan inexplicable, tan incomprensible, tan loca!
Si no estuviese seguro de lo que he visto, seguro también de que en mis razonamientos no ha habido un fallo, ni en mis comprobaciones un error, ni una laguna en la inflexible cadena de mis observaciones, me creería simplemente víctima de una alucinación, juguete de una extraña locura. Después de todo, ¿quién sabe?
Me encuentro actualmente en un sanatorio; pero si entré en él ha sido por prudencia, por miedo. Sólo una persona conoce mi historia: el médico de aquí; pero voy a ponerla por escrito. Realmente no sé para qué. Para librarme de ella, tal vez, porque la siento dentro de mí como una intolerable pesadilla.
Hela aquí:
He sido siempre un solitario, un soñador, una especie de filósofo aislado, bondadoso, que se conformaba con poco, sin acritudes contra los hombres y sin rencores contra el cielo. He vivido solo, en todo tiempo, porque la presencia de otras personas me produce una especie de molestia. No es que me niegue a tratar con la gente, a conversar o a cenar con amigos, pero cuando llevan mucho rato cerca de mí, aunque sean mis más cercanos familiares, me cansan, me fatigan, me enervan, y experimento un anhelo cada vez mayor, más agobiante, de que se marchen, o de marcharme yo, de estar solo.
Este anhelo es más que un impulso, es una necesidad irresistible. Y si las personas en cuya compañía me encuentro siguiesen a mi lado, si me viese obligado, no a prestar atención, pero ni siquiera a escuchar sus conversaciones, me daría, con toda seguridad, un ataque. ¿De qué clase? No lo sé. ¿Un síncope, tal vez? Sí, probablemente.
Tanto me agrada estar solo, que ni siquiera puedo soportar que otras personas duerman bajo el mismo techo que yo. No vivo en París, porque sería para mí una perpetua agonía. Me siento morir moralmente, es para mí un martirio del cuerpo y de los nervios esa muchedumbre inmensa que hormiguea, que se mueve a mi alrededor, hasta cuando duerme. Porque, aún más que la palabra de los demás, me resulta insufrible su sueño. Cuando sé, cuando tengo la sensación de que, detrás de la pared, existen vidas que se ven interrumpidas por esos eclipses regulares de la razón, no puedo ya despertar.
¿Por qué soy de esta manera? ¡Quién lo sabe! Es imposible que la razón de todo esto sea muy sencilla; todo lo que ocurre fuera de mí me cansa muy pronto. Y son muchos los que se encuentran en mi mismo caso.
En la tierra vivimos gentes de dos razas. Los que tienen necesidad de los demás, aquellos a quienes los demás distraen, ocupan, sirven de descanso, y a los que la soledad cansa, agota, aniquila, lo mismo que la ascensión a un nevero o la travesía de un desierto, y aquellos otros a los que, por el contrario, los demás cansan, molestan, cohíben, abruman, en tanto que el aislamiento los tranquiliza, les proporciona un baño de descanso en la independencia y en la fantasía de sus meditaciones.
En resumidas cuentas, se trata de un fenómeno psíquico normal. Unos tienen condiciones para vivir hacia afuera; otros, para vivir hacia adentro. En mí se da el caso de que la atención exterior es de corta duración y se agota pronto, y cuando llega a su límite, me acomete en todo mi cuerpo y en toda mi alma un malestar intolerable.
Como consecuencia de todo lo que antecede, yo me apego, es decir, estaba fuertemente apegado a los objetos inanimados, que vienen a adquirir para mí una importancia de seres vivos. Mi casa se convierte, se había convertido en un mundo en el que yo llevaba una vida solitaria, pero activa, en medio de aquellas cosas: muebles, chucherías familiares, que eran para mí como otros tantos rostros simpáticos. Había ido llenándola poco a poco, adornándola con ellos, y me sentía contento y satisfecho allí dentro, feliz como en los brazos de una mujer agradable cuya diaria caricia se ha convertido en una necesidad suave y sosegada.
Hice construir aquella casa en el centro de un hermoso jardín que la aislaba de los caminos concurridos, a un paso de una ciudad en la que me era dable encontrar, cuando se despertaba en mí tal deseo, los recursos que ofrece la vida social. Todos mis criados dormían en un pabellón muy alejado de la casa, situado en un extremo de la huerta, que estaba cercada con una pared muy alta. Tal era el agrado y el descanso que encontraba al verme envuelto en la oscuridad de las noches, en medio del silencio de mi casa, perdida, oculta, sumergida bajo el ramaje de los grandes árboles, que todas las noches permanecía varias horas para saborearlo a mis anchas, costándome trabajo meterme en la cama.
El día de que voy a hablar habían representado Sigurd en el teatro de la ciudad. Era aquélla la primera vez que asistía a la representación de ese bello drama musical y fantástico, y me produjo un vivo placer.
Regresaba a mi casa a pie, con paso ágil, llena la cabeza de frases musicales y la pupila de lindas imágenes de un mundo de hadas. Era noche cerrada, tan cerrada que apenas se distinguía la carretera y estuve varias veces a punto de tropezar y caer en la cuneta. Desde el puesto de arbitrios hasta mi casa hay cerca de un kilómetro, tal vez un poco más, o sea veinte minutos de marcha lenta. Sería la una o la una y media de la madrugada; se aclaró un poco el firmamento y surgió delante de mí la luna, en su triste cuarto menguante. La media luna del primer cuarto, es decir, la que aparece a las cuatro o cinco de la tarde, es brillante, alegre, plateada; pero la que se levanta después de la medianoche es rojiza, triste, inquietante; es la verdadera media luna del día de las brujas. Esta observación han debido hacerla todos los noctámbulos. La primera, aunque sea delgada como un hilo, despide un brillo alegre que regocija el corazón y traza en el suelo sombras bien dibujadas; la segunda apenas derrama una luz mortecina, tan apagada que casi no llega a formar sombras.
Distinguí a lo lejos la masa oscura de mi jardín y, sin que yo supiese de dónde me venía, se apoderó de mí un malestar al pensar que tenía que entrar en él. Acorté el paso. La temperatura era muy suave. Aquella gruesa mancha del arbolado parecía una tumba dentro de la cual estaba sepultada mi casa.
Abrí la puerta y penetré en la larga avenida de sicomoros que conduce hasta el edificio y que forma una bóveda arqueada como un túnel muy alto, a través de bosquecillos opacos unas veces y bordeando otras los céspedes en que los encañados de flores estampaban manchones ovalados de tonalidades confusas en medio de las pálidas tinieblas.
Una turbación singular se apoderó de mí al encontrarme ya cerca de la casa. Me detuve. No se oía nada. Ni el más leve soplo de aire circulaba entre las hojas. "¿Qué es lo que me pasa?", pensé. Muchas veces había entrado de aquella manera desde hacía diez años, y jamás sentí el más leve desasosiego. No era que tuviese miedo. Jamás lo tengo durante la noche. Si me hubiese encontrado con un hombre, con un merodeador, con un ladrón, todo mi ser físico habría experimentado una sacudida de furor y habría saltado encima de él sin la menor vacilación. Iba, además, armado. Llevaba mi revólver, porque quería resistir a aquella influencia recelosa que germinaba en mí.
¿Qué era aquello? ¿Un presentimiento? ¿El presentimiento misterioso que se apodera de los sentidos del hombre cuando va a encontrarse frente a lo inexplicable? ¡Quién sabe!
A medida que avanzaba, me corrían escalofríos por la piel; cuando me hallé frente al muro de mi gran palacio, que tenía las contraventanas echadas, tuve la sensación de que tendría que dejar pasar algunos minutos antes de abrir la puerta y entrar. Me senté en un banco que había debajo de las ventanas del salón. Y allí me quedé, un poco trémulo, con la cabeza apoyada en la pared y los ojos abiertos y clavados en la sombra del arbolado. Nada de extraordinario advertí a mi alrededor en aquellos primeros instantes. Me zumbaban algo los oídos, pero ésta es una cosa que me ocurre con frecuencia. A veces creo oír trenes que pasan o campanas que tocan o el pataleó de muchedumbres en marcha.
Pero aquellos ruidos interiores se hicieron más netos, más precisos, más identificables. Me había engañado. No era el bordoneo habitual de mis arterias el que me llenaba los oídos con aquellos rumores; era un ruido muy característico y, sin embargo, muy confuso, que procedía, sin duda alguna, del interior de la casa.
Distinguía aquel ruido continuo a través del muro, tenía casi más de movimiento que de ruido, un confuso ajetreo de una multitud de objetos, como si moviesen, cambiasen de sitio y arrastrasen con mucho tiento todos mis muebles.
Estuve largo rato sin dar crédito a mis oídos; pero aplicando la oreja a una de las contraventanas para distinguir mejor aquel extraño ajetreo que parecía tener lugar dentro de mi casa, quedé plenamente convencido, segurísimo, de que algo anormal e incomprensible ocurría. No sentía miedo, pero estaba..., ¿cómo lo diré?, asustado de asombro. No amartillé mi revólver, porque tuve la intuición segura de que no me haría falta. Esperé.
Esperé largo rato, sin decidirme a actuar, con la inteligencia lúcida, pero dominado por loca inquietud. Esperé de pie y seguí escuchando el ruido, cada vez mayor, que adquiría por momentos una intensidad violenta, hasta parecer un refunfuño de impaciencia, de cólera, de motín misterioso.
Me entró de pronto vergüenza de mi cobardía, eché mano al manojo de llaves, elegí la que me hacía falta, la metí en la cerradura, di dos vueltas y empujé con todas mis fuerzas, enviando la hoja de la puerta a chocar con el tabique.
Aquel golpe resonó como el estampido de un fusil, pero le respondió, de arriba abajo de mi casa, un tumulto formidable. Fue una cosa tan imprevista, tan terrible, tan ensordecedora, que retrocedí unos pasos y, aunque tan convencido como antes de su inutilidad, saqué el revólver de la funda.
Esperé todavía, aunque muy poco tiempo. Lo que ahora oía era un pataleo muy raro en los peldaños de la escalera, en el entarimado, en las alfombras, pero no era un pataleo de calzado, de zapatos de hombre, sino de patas de madera y de patas de hierro que vibraban como címbalos. Y, de pronto, veo en el umbral de la puerta un sillón, mi cómodo sillón de lectura, que se marchaba de casa, contoneándose. Y se fue por el jardín hacia adelante. Y detrás de él, otros, los sillones de mi salón, y a continuación los canapés bajos, arrastrándose como cocodrilos sobre sus patitas cortas, y en seguida todas las sillas, dando saltitos de cabra, y los pequeños taburetes que trotaban como conejos.
¡Era una cosa emocionante! Me escondí en un bosquecillo, y allí permanecí agazapado, contemplando aquel desfile de mis muebles, porque se marchaban todos, uno detrás de otro, con paso vivo o pausado, de acuerdo con su altura o su peso. Mi piano, mi magnifico piano de cola cruzó al galope, como caballo desbocado, con un murmullo musical en sus ijares; los objetos menudos iban y venían por la arena como hormigas, los cepillos, la cristalería, las copas en las que la luna ponía fosforescencias de luciérnagas. Las telas reptaban o se alargaban a manera de tentáculos, como pulpos de mar. Vi que salía mi escritorio -mi querido escritorio- una hermosa reliquia del siglo pasado, en el que estaban todas las cartas que yo recibí, la historia toda de mi corazón, una historia antigua que me ha hecho sufrir mucho. Dentro de él había también fotografías.
De improviso se me pasó el miedo, me abalancé sobre el escritorio, lo agarré como se agarra a un ladrón, como se agarra a una mujer que escapa; pero él llevaba una marcha incontenible y, a pesar de mis esfuerzos, a pesar de mi cólera, no conseguí moderar su velocidad. Yo hacía esfuerzos desesperados para que no me arrastrase aquella fuerza espantosa y caí al suelo. Entonces me arrolló, me arrastró por la arena y los muebles que venían detrás empezaron a pisotearme, magullándome las piernas; lo solté por fin y entonces los demás pasaron por encima de mi cuerpo, lo mismo que pasa un cuerpo de caballería que carga por encima del soldado que ha sido derribado del caballo.
Loco de terror, conseguí al fin arrastrarme hasta fuera de la gran avenida y ocultarme de nuevo entre los árboles, a tiempo de ver cómo desaparecían los objetos más íntimos, los más pequeños, los más modestos, los que yo conocía menos entre todos los que habían sido de mi propiedad.
Así estaba, cuando oí a lo lejos, dentro de mi casa, que había adquirido sonoridad como todas las casas vacías, un ruido formidable de puertas que se volvían a cerrar. Empezaron los portazos en la parte más alta, y fueron bajando hasta que se cerró por último la puerta del vestíbulo que yo, insensato de mí, había abierto para facilitar aquella fuga.
También yo escapé, echando a correr hacia la ciudad, y no recobré mi serenidad hasta que me vi en sus calles y tropecé con algunas gentes trasnochadoras. Fui a llamar a la puerta de un hotel en el que era conocido. Me había sacudido las ropas con las manos para quitar el polvo; les expliqué que había perdido mi llavero, en el que tenía también la llave de la huerta en que estaba el pabellón aislado donde dormían mis criados, huerta rodeada de altas tapias que impedían a los merodeadores meter mano en las verduras y frutas.
Me tapé hasta los ojos en la cama que me dieron, pero no pude conciliar el sueño, y aguardé la llegada del día escuchando los golpes acelerados de mi corazón. Les había dicho que avisaran a mi servidumbre en cuanto amaneciese, y mi ayuda de cámara llamó a mi puerta a las siete de la mañana.
Parecía trastornado.
-Ha ocurrido esta noche una gran desgracia, señor, -me dijo.
-¿Qué sucedió?
-Han robado todo el mobiliario del señor; absolutamente todo, hasta los objetos más insignificantes.
Aquella noticia me alegró. ¿Por qué? ¡Vaya usted a saber! Yo me sentía muy dueño de mí, estaba seguro de poder disimular, de no decir a nadie una palabra de lo que había visto, de ocultar aquello, de enterrarlo en mi conciencia como un espantoso secreto. Le contesté:
-Entonces se trata de los mismos individuos que anoche me robaron a mí las llaves. Es preciso dar parte a la policía inmediatamente. Voy a levantarme y me reuniré en seguida con usted.
Cinco meses duró la investigación. No se llegó a descubrir el paradero de nada, no se encontró la más insignificante de mis chucherías, ni se llegó a dar con el más ligero rastro de los ladrones. ¡Claro está que si yo hubiese dicho lo que sabía!... Si hubiese hablado..., me habrían encerrado a mí; no a los ladrones, sino al hombre que aseguraba haber visto semejante cosa.
Supe cerrar la boca. Pero no volví a amueblar mi casa. ¿Para qué? Se hubiera repetido siempre el mismo caso. No quería entrar de nuevo en ella. No entré. No volví a verla.
Regresé a Paris, me instalé en un hotel y consulté a los médicos acerca de mi estado nervioso, que me preocupaba mucho desde los acontecimientos de aquella noche lamentable.
Me animaron a que viajase. Seguí su consejo.

2
Empecé por hacer una excursión a Italia. El sol me sentó bien. Vagabundeé por espacio de seis meses de Génova a Venecia, de Venecia a Florencia, de Florencia a Roma, de Roma a Nápoles. Recorrí después toda Sicilia, país admirable por sus paisajes y sus monumentos, reliquias dejadas por los griegos y por los normandos. Me trasladé al África y crucé pacíficamente el gran desierto amarillo y tranquilo, en el que van de aquí para allá los camellos, las gacelas y los vagabundos árabes, cuya atmósfera ligera y transparente está libre de espectros, lo mismo de día que de noche.
Regresé a Francia por Marsella; a pesar de la alegría provenzal, sentí tristeza, porque el cielo tenía menos luz. Al poner otra vez el pie en el continente, experimenté esa especial sensación de un enfermo que se cree curado ya de su enfermedad, pero al que un dolor sordo le advierte que no está apagado aún el foco del mal.
Volví a París. Al mes, ya sentía aburrimiento. Era en otoño, y antes que se echase encima el invierno, quise hacer una excursión por Normandía, desconocida para mí.
Empecé por Ruán, como es natural, y vagabundeé durante ocho días, distraído, encantado, entusiasmado en aquella ciudad de la Edad Media, en aquel maravilloso museo de monumentos góticos extraordinarios.
Una tarde, a eso de las cuatro, al meterme por una calle inverosímil, por la que corre un río negro como esa tinta que llaman "agua de Robec", y mientras iba fijándome en el aspecto curioso y antiguo de las casas, mi atención se desvió de improviso hacia una serie de comercios de chamarileros, que se sucedían una puerta sí y otra también.
¡Bien habían sabido elegir el sitio para sus negocios aquellos sórdidos traficantes de cosas viejas, en una callejuela quimérica, encima de la siniestra corriente de agua, al abrigo de aquellos techos puntiagudos de tejas y pizarras en los que se oía rechinar aún las giraldillas del pasado!
Al fondo de aquellos lóbregos comercios se amontonaban las arcas talladas, las porcelanas de Ruán, de Nevers, de Moustiers, las estatuas pintadas, las de madera de roble, los cristos, las vírgenes, los santos, los ornamentos de iglesia, casullas, capas pluviales, hasta algunos vasos sagrados y un antiguo tabernáculo de madera dorada, del que Dios se había mudado. ¡Qué extrañas cavernas las que había en aquellas altas casas, en aquellos caserones, atiborrados desde las bodegas hasta los graneros de objetos de toda clase cuya existencia parecía acabada, que habían sobrevivido a sus poseedores naturales, a su siglo, a su tiempo, a sus modas, para ser comprados como curiosidades por las nuevas generaciones!
Mi ternura por las chucherías volvió a despertarse en aquella ciudad de anticuarios. Pasaba de un comercio a otro, atravesando en dos zancadas los puentes de cuatro tablas podridas tendidos sobre la nauseabunda corriente del "agua de Robec".
¡Misericordia! ¡Qué sacudida! En el extremo exterior de una bóveda atiborrada de objetos, que parecía la entrada de las catacumbas de un cementerio de muebles antiguos, vi de pronto uno de mis más hermosos armarios. Me acerqué todo tembloroso, tan tembloroso que no me atreví a tocarlo. Adelanté la mano, y me quedé vacilando. Sin embargo, era el mismo: un armario Luis XIII, único, que cualquiera que lo hubiese visto una vez lo identificaría. Dirigí de pronto los ojos más hacia el interior, hacia las más lóbregas profundidades de aquella galería, y distinguí tres de mis sillones tapizados, y más adentro aún, mis dos cuadros Enrique II, tan raros que hasta de París venían a verlos.
¡Figúrense! ¡Figúrense cuál sería el estado de mi alma!
Me adelanté, atónito, agonizante de emoción, pero me adelanté, porque soy valiente; me adelanté como pudiera penetrar un caballero de las épocas tenebrosas en una mansión de sortilegios. Paso a paso fui encontrando todo lo que me había pertenecido: mis candelabros, mis libros, mis cuadros, mis tapicerías, mis armas, todo, menos el escritorio que llevaba mis cartas, al que no vi por parte alguna.
Anduve de un lado para otro, bajando a galerías oscuras para en seguida subir a los pisos superiores. Estaba solo. Llamaba, pero nadie contestó. Estaba solo; no había nadie en aquella casa inmensa y tortuosa como un laberinto.
Se echó encima la noche, y tuve que sentarme, en medio de aquellas tinieblas, en una de mis sillas, porque no quería marcharme de allí. De cuando en cuando gritaba:
-¿Hay alguien en casa? ¿Hay alguien en casa? ¿No hay nadie?
Llevaría más de una hora cuando oí pasos, unos pasos callados, lentos, que no podía precisar en dónde sonaban. Estuve a punto de echar a correr, pero poniéndome rígido volví a llamar otra vez y distinguí una luz en la habitación de al lado.
-¿Quién anda ahí? -preguntó una voz.
Yo contesté:
-Un comprador.
Me replicaron.
-Es muy tarde para entrar de ese modo en un comercio.
Volví a decir:
-Estoy esperándolo desde hace más de una hora.
-Podía usted volver mañana.
-Mañana me habré marchado ya de Ruán.
Yo no me atrevía a avanzar y él no venía hacia mí. Seguía viendo el resplandor de su luz, que se proyectaba sobre un tapiz en el que dos ángeles volaban por encima de los cadáveres de un campo de batalla. También era de mi propiedad. Le dije:
-¿Viene usted o no?
Él me contestó:
-Lo estoy esperando.
Me levanté y fui hacia donde él estaba.
En el centro de una habitación muy espaciosa había un hombrecito muy pequeño y muy grueso, grueso como un fenómeno, como un repugnante fenómeno.
Tenía una barba extravagante, de pelos desiguales, ralos y amarillentos, pero no tenía ni un solo pelo en la cabeza. ¡Ni un solo pelo! Como sostenía la vela encendida a todo lo que daba su brazo para verme a mí, su cráneo me hizo el efecto de una luna pequeña en aquella inmensa habitación atiborrada de muebles viejos. Tenía la cara arrugada y como entumecida, y no se le distinguían los ojos. Regateé el precio de tres sillas, que eran de mi propiedad, y le pagué por ellas en el acto una fuerte cantidad, sin dar más que el número de mi habitación en el hotel. Deberían entregármelas al día siguiente antes de las nueve de la mañana.
Salí y él me acompañó a la calle con mucha cortesía. Acto seguido, me dirigí a la Comisaría Central de Policía y relaté al comisario el robo de mis muebles y el descubrimiento que acababa de hacer.
En el acto solicitó informes por telégrafo al juzgado que había instruido las diligencias en aquel robo, rogándome que tuviese a bien esperar la contestación. Le llegó al cabo de una hora, y fue completamente satisfactoria para mí. Entonces me dijo:
-Voy a mandar a que detengan a ese hombre para proceder en seguida a interrogarlo, porque pudiera ser que hubiese concebido alguna sospecha, haciendo desaparecer lo que es propiedad de usted. Vaya a cenar y vuelva dentro de un par de horas; lo retendré aquí para someterlo a un nuevo interrogatorio en presencia de usted.
-Encantado, señor; se lo agradezco de todo corazón.
Cené en mi hotel, con mejor apetito del que me había imaginado. Estaba de bastante buen humor. Le habíamos echado el guante.
Al cabo de dos horas me presenté de nuevo ante el funcionario de policía, que me estaba esperando.
-Verá usted, caballero -me dijo en cuanto me vio- No hemos dado con nuestro hombre. Mis agentes no han podido echarle el guante.
-¿Cómo ha sido eso?
Me sentí desfallecer.
-¿Pero han encontrado la casa, verdad? -seguí preguntando.
-Desde luego. Será vigilada hasta que él regrese. Porque ha desaparecido.
-¿Que ha desaparecido?
-Desaparecido. Acostumbra pasar las noches en casa de una vecina, chamarilera también, una especie de bruja, la viuda de Bidoin. Dice que no lo ha visto esta noche y que no puede dar dato alguno sobre su paradero. Habrá que esperar hasta mañana.
Me marché. ¡Qué siniestras, inquietantes y espectrales me parecieron las calles de Ruán!
Dormí muy mal, con un sueño interrumpido por pesadillas.
Al día siguiente, para que no me creyesen demasiado intranquilo ni precipitado, esperé hasta las diez antes de presentarme en la comisaría.
El chamarilero no había sido visto y su almacén seguía cerrado aún.
El comisario me dijo:
-He dado todos los pasos necesarios. El juzgado está al corriente del asunto; vamos a ir juntos a ese comercio, lo haré abrir y usted me indicará todo lo que es suyo.
Un cupé nos llevó hasta la casa. Delante del comercio había algunos guardias con un cerrajero. Se abrió la puerta.
Pero, una vez dentro, no vi ni mi armario ni mis sillones ni mis mesas ni nada, absolutamente nada del mobiliario de mi casa, siendo que la noche anterior no podía dar un paso sin tropezar con alguno de los objetos de mi pertenencia.
El comisario central, sorprendido, me miró al principio con desconfianza.
-Pues, señor -le dije-, la desaparición de estos muebles coincide de un modo extraño con la del comerciante.
Se sonrió:
-Es cierto. Hizo usted mal en comprar y pagar ayer noche aquellas sillas, porque con eso le dio usted la alerta.
Yo agregué:
-Lo que me parece incomprensible es que todos los espacios que anoche ocupaban mis muebles están ahora ocupados por otros.
-Eso no es extraño -contestó el comisario-, porque ha dispuesto de toda la noche y seguramente de cómplices. Esta casa debe tener comunicación con las de al lado. Descuide usted, señor; me voy a ocupar con gran interés de este asunto. No andará suelto mucho tiempo el ladrón, porque vigilamos su guarida.
¡Ah, mi corazón, mi pobre corazón, cómo palpitaba!
Permanecí quince días en Ruán, pero nuestro hombre no volvió. ¿Por qué? ¿Quién podía ponerle obstáculos o sorprenderlo?
El decimosexto día recibí de mi jardinero, que había quedado para guardar la casa saqueada, esta carta tan extraña:
"Señor:
"Tengo el honor de informarle que ha ocurrido, durante la noche pasada, algo que no entiende nadie, y mucho menos la policía. Han vuelto todos los muebles, todos sin excepción; hasta los objetos más pequeños. La casa se encuentra hoy dispuesta exactamente como lo estaba la víspera del robo. Es para volverse loco. Esto ha ocurrido la noche del viernes al sábado. Igual que el día de su desaparición, los caminos están llenos de huellas, como si hubiesen arrastrado todas las cosas, desde la entrada del jardín hasta la puerta de la casa.
"Quedamos esperando al señor, de quien soy humilde servidor.
Felipe Raudin"
¿Volver yo? ¡Eso sí que no! ¡Eso sí que no! ¡Eso sí que no! Llevé la carta al comisario de Ruán, quien me dijo:
-Es una devolución muy hábil. Nos haremos el muerto y le pondremos la mano encima a nuestro hombre cualquier día de estos.
Pero no le echaron el guante. No, señor. No le echaron el guante, y le tengo miedo, igual que si fuese una fiera que han soltado para que me persiga.
Nadie lo encuentra, nadie puede encontrar a aquel monstruo con el cráneo de luna. Nadie le echará el guante jamás. No volverá a su casa. ¡Bastante le importa a él su casa! Yo soy el único que podría dar con él, pero no quiero.
¡No quiero! ¡No quiero! ¡No quiero!
Y aun en el supuesto de que volviese y entrase en su comercio, ¿quién va a probarle que mis muebles estaban allí? No hay en contra suya más que mi testimonio, y me doy perfecta cuenta de que empieza a ser sospechoso.
¡Cómo iba yo a poder vivir así! Tampoco podía guardar el secreto de lo que han visto mis ojos. No me era posible seguir viviendo como una persona cualquiera, con el temor de que esos hechos se repitiesen cualquier día.
Vine a ver al médico que dirige esta casa de salud y se lo he referido todo.
Al cabo de un largo interrogatorio, me dijo:
-¿Tendría usted inconveniente, caballero, en permanecer aquí algún tiempo?
-Me quedaré gustosísimo.
-¿Quiere usted un pabellón independiente?
-Sí, señor.
-¿Desea recibir a algunos amigos?
-No, señor; a nadie. El hombre de Ruán podría tratar de llegar hasta aquí mismo con idea de vengarse...
Y desde hace tres meses vivo solo, solo, absolutamente solo. Estoy casi tranquilo. Un miedo tengo, sin embargo: que el anticuario se vuelva loco..., y que lo traigan a este asilo... Ni las cárceles son seguras.


Un artista del hambre. Kafka.

En los últimos decenios, el interés por los ayunadores ha disminuido muchísimo. Antes era un buen negocio organizar grandes exhibiciones de este género como espectáculo independiente, cosa que hoy, en cambio, es imposible del todo. Eran otros los tiempos. Entonces, toda la ciudad se ocupaba del ayunador; aumentaba su interés a cada día de ayuno; todos querían verlo siquiera una vez al día; en los últimos del ayuno no faltaba quien se estuviera días enteros sentado ante la pequeña jaula del ayunador; había, además, exhibiciones nocturnas, cuyo efecto era realzado por medio de antorchas; en los días buenos, se sacaba la jaula al aire libre, y era entonces cuando les mostraban el ayunador a los niños. Para los adultos aquello solía no ser más que una broma, en la que tomaban parte medio por moda; pero los niños, cogidos de las manos por prudencia, miraban asombrados y boquiabiertos a aquel hombre pálido, con camiseta oscura, de costillas salientes, que, desdeñando un asiento, permanecía tendido en la paja esparcida por el suelo, y saludaba, a veces, cortésmente o respondía con forzada sonrisa a las preguntas que se le dirigían o sacaba, quizá, un brazo por entre los hierros para hacer notar su delgadez, y volvía después a sumirse en su propio interior, sin preocuparse de nadie ni de nada, ni siquiera de la marcha del reloj, para él tan importante, única pieza de mobiliario que se veía en su jaula. Entonces se quedaba mirando al vacío, delante de sí, con ojos semicerrados, y sólo de cuando en cuando bebía en un diminuto vaso un sorbito de agua para humedecerse los labios.
Aparte de los espectadores que sin cesar se renovaban, había allí vigilantes permanentes, designados por el público (los cuales, y no deja de ser curioso, solían ser carniceros); siempre debían estar tres al mismo tiempo, y tenían la misión de observar día y noche al ayunador para evitar que, por cualquier recóndito método, pudiera tomar alimento. Pero esto era sólo una formalidad introducida para tranquilidad de las masas, pues los iniciados sabían muy bien que el ayunador, durante el tiempo del ayuno, en ninguna circunstancia, ni aun a la fuerza, tomaría la más mínima porción de alimento; el honor de su profesión se lo prohibía.
A la verdad, no todos los vigilantes eran capaces de comprender tal cosa; muchas veces había grupos de vigilantes nocturnos que ejercían su vigilancia muy débilmente, se juntaban adrede en cualquier rincón y allí se sumían en los lances de un juego de cartas con la manifiesta intención de otorgar al ayunador un pequeño respiro, durante el cual, a su modo de ver, podría sacar secretas provisiones, no se sabía de dónde. Nada atormentaba tanto al ayunador como tales vigilantes; lo atribulaban; le hacían espantosamente difícil su ayuno. A veces, sobreponíase a su debilidad y cantaba durante todo el tiempo que duraba aquella guardia, mientras le quedase aliento, para mostrar a aquellas gentes la injusticia de sus sospechas. Pero de poco le servía, porque entonces se admiraban de su habilidad que hasta le permitía comer mientras cantaba.
Muy preferibles eran, para él, los vigilantes que se pegaban a las rejas, y que, no contentándose con la turbia iluminación nocturna de la sala, le lanzaban a cada momento el rayo de las lámparas eléctricas de bolsillo que ponía a su disposición el empresario. La luz cruda no lo molestaba; en general no llegaba a dormir, pero quedar traspuesto un poco podía hacerlo con cualquier luz, a cualquier hora y hasta con la sala llena de una estrepitosa muchedumbre. Estaba siempre dispuesto a pasar toda la noche en vela con tales vigilantes; estaba dispuesto a bromear con ellos, a contarles historias de su vida vagabunda y a oír, en cambio, las suyas, sólo para mantenerse despierto, para poder mostrarles de nuevo que no tenía en la jaula nada comestible y que soportaba el hambre como no podría hacerlo ninguno de ellos. Pero cuando se sentía más dichoso era al llegar la mañana, y por su cuenta les era servido a los vigilantes un abundante desayuno, sobre el cual se arrojaban con el apetito de hombres robustos que han pasado una noche de trabajosa vigilia. Cierto que no faltaban gentes que quisieran ver en este desayuno un grosero soborno de los vigilantes, pero la cosa seguía haciéndose, y si se les preguntaba si querían tomar a su cargo, sin desayuno, la guardia nocturna, no renunciaban a él, pero conservaban siempre sus sospechas.
Pero éstas pertenecían ya a las sospechas inherentes a la profesión del ayunador. Nadie estaba en situación de poder pasar, ininterrumpidamente, días y noches como vigilante junto al ayunador; nadie, por tanto, podía saber por experiencia propia si realmente había ayunado sin interrupción y sin falta; sólo el ayunador podía saberlo, ya que él era, al mismo tiempo, un espectador de su hambre completamente satisfecho. Aunque, por otro motivo, tampoco lo estaba nunca. Acaso no era el ayuno la causa de su enflaquecimiento, tan atroz que muchos, con gran pena suya, tenían que abstenerse de frecuentar las exhibiciones por no poder sufrir su vista; tal vez su esquelética delgadez procedía de su descontento consigo mismo. Sólo él sabía -sólo él y ninguno de sus adeptos- qué fácil cosa era el suyo. Era la cosa más fácil del mundo. Verdad que no lo ocultaba, pero no le creían; en el caso más favorable, lo tomaban por modesto, pero, en general, lo juzgaban un reclamista, o un vil farsante para quien el ayuno era cosa fácil porque sabía la manera de hacerlo fácil y que tenía, además, el cinismo de dejarlo entrever. Había de aguantar todo esto, y, en el curso de los años, ya se había acostumbrado a ello; pero, en su interior, siempre le recomía este descontento y ni una sola vez, al fin de su ayuno -esta justicia había que hacérsela-, había abandonado su jaula voluntariamente.
El empresario había fijado cuarenta días como el plazo máximo de ayuno, más allá del cual no le permitía ayunar ni siquiera en las capitales de primer orden. Y no dejaba de tener sus buenas razones para ello. Según le había enseñado su experiencia, durante cuarenta días, valiéndose de toda suerte de anuncios que fueran concentrando el interés, podía quizá aguijonearse progresivamente la curiosidad de un pueblo; mas pasado este plazo, el público se negaba a visitarle, disminuía el crédito de que gozaba el artista del hambre. Claro que en este punto podían observarse pequeñas diferencias según las ciudades y las naciones; pero, por regla general, los cuarenta días eran el período de ayuno más dilatado posible. Por esta razón, a los cuarenta días era abierta la puerta de la jaula, ornada con una guirnalda de flores; un público entusiasmado llenaba el anfiteatro; sonaban los acordes de una banda militar, dos médicos entraban en la jaula para medir al ayunador, según normas científicas, y el resultado de la medición se anunciaba a la sala por medio de un altavoz; por último, dos señoritas, felices de haber sido elegidas para desempeñar aquel papel mediante sorteo, llegaban a la jaula y pretendían sacar de ella al ayunador y hacerle bajar un par de peldaños para conducirle ante una mesilla en la que estaba servida una comidita de enfermo cuidadosamente escogida. Y en este momento, el ayunador siempre se resistía.
Cierto que colocaba voluntariamente sus huesudos brazos en las manos que las dos damas, inclinadas sobre él, le tendían dispuestas a auxiliarle, pero no quería levantarse. ¿Por qué suspender el ayuno precisamente entonces, a los cuarenta días? Podía resistir aún mucho tiempo más, un tiempo ilimitado; ¿por qué cesar entonces, cuando estaba en lo mejor del ayuno? ¿Por qué arrebatarle la gloria de seguir ayunando, y no sólo la de llegar a ser el mayor ayunador de todos los tiempos, cosa que probablemente ya lo era, sino también la de sobrepujarse a sí mismo hasta lo inconcebible, pues no sentía límite alguno a su capacidad de ayunar? ¿Por qué aquella gente que fingía admirarlo tenía tan poca paciencia con él? Si aún podía seguir ayunando, ¿por qué no querían permitírselo? Además, estaba cansado, se hallaba muy a gusto tendido en la paja, y ahora tenía que ponerse en pie cuan largo era, y acercarse a una comida, cuando con sólo pensar en ella sentía náuseas que contenía difícilmente por respeto a las damas. Y alzaba la vista para mirar los ojos de las señoritas, en apariencia tan amables, en realidad tan crueles, y movía después negativamente, sobre su débil cuello, la cabeza, que le pesaba como si fuese de plomo. Pero entonces ocurría lo de siempre; ocurría que se acercaba el empresario silenciosamente -con la música no se podía hablar-, alzaba los brazos sobre el ayunador, como si invitara al cielo a contemplar el estado en que se encontraba, sobre el montón de paja, aquel mártir digno de compasión, cosa que el pobre hombre, aunque en otro sentido, lo era; agarraba al ayunador por la sutil cintura, tomando al hacerlo exageradas precauciones, como si quisiera hacer creer que tenía entre las manos algo tan quebradizo como el vidrio; y, no sin darle una disimulada sacudida, en forma que al ayunador, sin poderlo remediar, se le iban a un lado y otro las piernas y el tronco, se lo entregaba a las damas, que se habían puesto entretanto mortalmente pálidas.
Entonces el ayunador sufría todos sus males: la cabeza le caía sobre el pecho, como si le diera vueltas, y, sin saber cómo, hubiera quedado en aquella postura; el cuerpo estaba como vacío; las piernas, en su afán de mantenerse en pie, apretaban sus rodillas una contra otra; los pies rascaban el suelo como si no fuera el verdadero y buscaran a éste bajo aquél; y todo el peso del cuerpo, por lo demás muy leve, caía sobre una de las damas, la cual, buscando auxilio, con cortado aliento -jamás se hubiera imaginado de este modo aquella misión honorífica-, alargaba todo lo posible su cuello para librar siquiera su rostro del contacto con el ayunador. Pero después, como no lo lograba, y su compañera, más feliz que ella, no venía en su ayuda, sino que se limitaba a llevar entre las suyas, temblorosas, el pequeño haz de huesos de la mano del ayunador, la portadora, en medio de las divertidas carcajadas de toda la sala, rompía a llorar y tenía que ser librada de su carga por un criado, de largo tiempo atrás preparado para ello.
Después venía la comida, en la cual el empresario, en el semisueño del desenjaulado, más parecido a un desmayo que a un sueño, le hacía tragar alguna cosa, en medio de una divertida charla con que apartaba la atención de los espectadores del estado en que se hallaba el ayunador. Después venía un brindis dirigido al público, que el empresario fingía dictado por el ayunador; la orquesta recalcaba todo con un gran trompeteo, marchábase el público y nadie quedaba descontento de lo que había visto, nadie, salvo el ayunador, el artista del hambre; nadie, excepto él.
Vivió así muchos años, cortados por periódicos descansos, respetado por el mundo, en una situación de aparente esplendor; mas, no obstante, casi siempre estaba de un humor melancólico, que se acentuaba cada vez más, ya que no había nadie que supiera tomarlo en serio. ¿ Con qué, además, podrían consolarle? ¿Qué más podía apetecer? Y si alguna vez surgía alguien, de piadoso ánimo, que lo compadecía y quería hacerle comprender que, probablemente, su tristeza procedía del hambre, bien podía ocurrir, sobre todo si estaba ya muy avanzado el ayuno, que el ayunador le respondiera con una explosión de furia, y, con espanto de todos, comenzaba a sacudir como una fiera los hierros de la jaula. Mas para tales cosas tenía el empresario un castigo que le gustaba emplear. Disculpaba al ayunador ante el congregado público; añadía que sólo la irritabilidad provocada por el hambre, irritabilidad incomprensible en hombres bien alimentados, podía hacer disculpable la conducta del ayunador. Después, tratando de este tema, para explicarlo pasaba a rebatir la afirmación del ayunador de que le era posible ayunar mucho más tiempo del que ayunaba; alababa la noble ambición, la buena voluntad, el gran olvido de sí mismo, que claramente se revelaban en esta afirmación; pero en seguida procuraba echarla abajo sólo con mostrar unas fotografías, que eran vendidas al mismo tiempo, pues en el retrato se veía al ayunador en la cama, casi muerto de inanición, a los cuarenta días de su ayuno. Todo esto lo sabía muy bien el ayunador, pero era cada vez más intolerable para él aquella enervante deformación de la verdad. ¡Presentábase allí como causa lo que sólo era consecuencia de la precoz terminación del ayuno! Era imposible luchar contra aquella incomprensión, contra aquel universo de estulticia. Lleno de buena fe, escuchaba ansiosamente desde su reja las palabras del empresario; pero al aparecer las fotografías, soltábase siempre de la reja, y, sollozando, volvía a dejarse caer en la paja. El ya calmado público podía acercarse otra vez a la jaula y examinarlo a su sabor.
Unos años más tarde, si los testigos de tales escenas volvían a acordarse de ellas, notaban que se habían hecho incomprensibles hasta para ellos mismos. Es que mientras tanto se había operado el famoso cambio; sobrevino casi de repente; debía haber razones profundas para ello; pero ¿quién es capaz de hallarlas?
El caso es que cierto día, el tan mimado artista del hambre se vio abandonado por la muchedumbre ansiosa de diversiones, que prefería otros espectáculos. El empresario recorrió otra vez con él media Europa, para ver si en algún sitio hallarían aún el antiguo interés. Todo en vano: como por obra de un pacto, había nacido al mismo tiempo, en todas partes, una repulsión hacia el espectáculo del hambre. Claro que, en realidad, este fenómeno no podía haberse dado así, de repente, y, meditabundos y compungidos, recordaban ahora muchas cosas que en el tiempo de la embriaguez del triunfo no habían considerado suficientemente, presagios no atendidos como merecían serlo. Pero ahora era demasiado tarde para intentar algo en contra. Cierto que era indudable que alguna vez volvería a presentarse la época de los ayunadores; pero para los ahora vivientes, eso no era consuelo. ¿Qué debía hacer, pues, el ayunador? Aquel que había sido aclamado por las multitudes, no podía mostrarse en barracas por las ferias rurales; y para adoptar otro oficio, no sólo era el ayunador demasiado viejo, sino que estaba fanáticamente enamorado del hambre. Por tanto, se despidió del empresario, compañero de una carrera incomparable, y se hizo contratar en un gran circo, sin examinar siquiera las condiciones del contrato.
Un gran circo, con su infinidad de hombres, animales y aparatos que sin cesar se sustituyen y se complementan unos a otros, puede, en cualquier momento, utilizar a cualquier artista, aunque sea a un ayunador, si sus pretensiones son modestas, naturalmente. Además, en este caso especial, no era sólo el mismo ayunador quien era contratado, sino su antiguo y famoso nombre; y ni siquiera se podía decir, dada la singularidad de su arte, que, como al crecer la edad mengua la capacidad, un artista veterano, que ya no está en la cumbre de su poder, trata de refugiarse en un tranquilo puesto de circo; al contrario, el ayunador aseguraba, y era plenamente creíble, que lo mismo podía ayunar entonces que antes, y hasta aseguraba que si lo dejaban hacer su voluntad, cosa que al momento le prometieron, sería aquella la vez en que había de llenar al mundo de justa admiración; afirmación que provocaba una sonrisa en las gentes del oficio, que conocían el espíritu de los tiempos, del cual, en su entusiasmo, habíase olvidado el ayunador.
Mas, allá en su fondo, el ayunador no dejó de hacerse cargo de las circunstancias, y aceptó sin dificultad que no fuera colocada su jaula en el centro de la pista, como número sobresaliente, sino que se la dejara fuera, cerca de las cuadras, sitio, por lo demás, bastante concurrido. Grandes carteles, de colores chillones, rodeaban la jaula y anunciaban lo que había que admirar en ella. En los intermedios del espectáculo, cuando el público se dirigía hacia las cuadras para ver los animales, era casi inevitable que pasaran por delante del ayunador y se detuvieran allí un momento; acaso habrían permanecido más tiempo junto a él si no hicieran imposible una contemplación más larga y tranquila los empujones de los que venían detrás por el estrecho corredor, y que no comprendían que se hiciera aquella parada en el camino de las interesantes cuadras.
Por este motivo, el ayunador temía aquella hora de visitas, que, por otra parte, anhelaba como el objeto de su vida. En los primeros tiempos apenas había tenido paciencia para esperar el momento del intermedio; había contemplado, con entusiasmo, la muchedumbre que se extendía y venia hacia él, hasta que muy pronto -ni la más obstinada y casi consciente voluntad de engañarse a sí mismo se salvaba de aquella experiencia- tuvo que convencerse de que la mayor parte de aquella gente, sin excepción, no traía otro propósito que el de visitar las cuadras. Y siempre era lo mejor el ver aquella masa, así, desde lejos. Porque cuando llegaban junto a su jaula, en seguida lo aturdían los gritos e insultos de los dos partidos que inmediatamente se formaban: el de los que querían verlo cómodamente (y bien pronto llegó a ser este bando el que más apenaba al ayunador, porque se paraban, no porque les interesara lo que tenían ante los ojos, sino por llevar la contraria y fastidiar a los otros) y el de los que sólo apetecían llegar lo antes posible a las cuadras. Una vez que había pasado el gran tropel, venían los rezagados, y también éstos, en vez de quedarse mirándolo cuanto tiempo les apeteciera, pues ya era cosa no impedida por nadie, pasaban de prisa, a paso largo, apenas concediéndole una mirada de reojo, para llegar con tiempo de ver los animales. Y era caso insólito el que viniera un padre de familia con sus hijos, mostrando con el dedo al ayunador y explicando extensamente de qué se trataba, y hablara de tiempos pasados, cuando había estado él en una exhibición análoga, pero incomparablemente más lucida que aquélla; y entonces los niños, que, a causa de su insuficiente preparación escolar y general -¿qué sabían ellos lo que era ayunar?-, seguían sin comprender lo que contemplaban, tenían un brillo en sus inquisidores ojos, en que se traslucían futuros tiempos más piadosos. Quizá estarían un poco mejor las cosas -decíase a veces el ayunador- si el lugar de la exhibición no se hallase tan cerca de las cuadras. Entonces les habría sido más fácil a las gentes elegir lo que prefirieran; aparte de que le molestaban mucho y acababan por deprimir sus fuerzas las emanaciones de las cuadras, la nocturna inquietud de los animales, el paso por delante de su jaula de los sangrientos trozos de carne con que alimentaban a los animales de presa, y los rugidos y gritos de éstos durante su comida. Pero no se atrevía a decirlo a la Dirección, pues, si bien lo pensaba, siempre tenía que agradecer a los animales la muchedumbre de visitantes que pasaban ante él, entre los cuales, de cuando en cuando, bien se podía encontrar alguno que viniera especialmente a verle. Quién sabe en qué rincón lo meterían, si al decir algo les recordaba que aún vivía y les hacía ver, en resumidas cuentas, que no venía a ser más que un estorbo en el camino de las cuadras.
Un pequeño estorbo en todo caso, un estorbo que cada vez se hacía más diminuto. Las gentes se iban acostumbrando a la rara manía de pretender llamar la atención como ayunador en los tiempos actuales, y adquirido este hábito, quedó ya pronunciada la sentencia de muerte del ayunador. Podía ayunar cuanto quisiera, y así lo hacía. Pero nada podía ya salvarle; la gente pasaba por su lado sin verle. ¿Y si intentara explicarle a alguien el arte del ayuno? A quien no lo siente, no es posible hacérselo comprender.
Los más hermosos rótulos llegaron a ponerse sucios e ilegibles, fueron arrancados, y a nadie se le ocurrió renovarlos. La tablilla con el número de los días transcurridos desde que había comenzado el ayuno, que en los primeros tiempos era cuidadosamente mudada todos los días, hacía ya mucho tiempo que era la misma, pues al cabo de algunas semanas este pequeño trabajo habíase hecho desagradable para el personal; y de este modo, cierto que el ayunador continuó ayunando, como siempre había anhelado, y que lo hacía sin molestia, tal como en otro tiempo lo había anunciado; pero nadie contaba ya el tiempo que pasaba; nadie, ni siquiera el mismo ayunador, sabía qué número de días de ayuno llevaba alcanzados, y su corazón sé llenaba de melancolía. Y así, cierta vez, durante aquel tiempo, en que un ocioso se detuvo ante su jaula y se rió del viejo número de días consignado en la tablilla, pareciéndole imposible, y habló de engañifa y de estafa, fue ésta la más estúpida mentira que pudieron inventar la indiferencia y la malicia innata, pues no era el ayunador quien engañaba: él trabajaba honradamente, pero era el mundo quien se engañaba en cuanto a sus merecimientos.
*
Volvieron a pasar muchos días, pero llegó uno en que también aquello tuvo su fin. Cierta vez, un inspector se fijó en la jaula y preguntó a los criados por qué dejaban sin aprovechar aquella jaula tan utilizable que sólo contenía un podrido montón de paja. Todos lo ignoraban, hasta que, por fin, uno, al ver la tablilla del número de días, se acordó del ayunador. Removieron con horcas la paja, y en medio de ella hallaron al ayunador.
-¿Ayunas todavía? -preguntole el inspector-. ¿Cuándo vas a cesar de una vez?
-Perdónenme todos -musitó el ayunador, pero sólo lo comprendió el inspector, que tenía el oído pegado a la reja.
-Sin duda -dijo el inspector, poniéndose el índice en la sien para indicar con ello al personal el estado mental del ayunador-, todos te perdonamos.
-Había deseado toda la vida que admiraran mi resistencia al hambre -dijo el ayunador.
-Y la admiramos -repúsole el inspector.
-Pero no deberían admirarla -dijo el ayunador.
-Bueno, pues entonces no la admiraremos -dijo el inspector-; pero ¿por qué no debemos admirarte?
-Porque me es forzoso ayunar, no puedo evitarlo -dijo el ayunador.
-Eso ya se ve -dijo el inspector-; pero ¿ por qué no puedes evitarlo?
-Porque -dijo el artista del hambre levantando un poco la cabeza y hablando en la misma oreja del inspector para que no se perdieran sus palabras, con labios alargados como si fuera a dar un beso-, porque no pude encontrar comida que me gustara. Si la hubiera encontrado, puedes creerlo, no habría hecho ningún cumplido y me habría hartado como tú y como todos.
Estas fueron sus últimas palabras, pero todavía, en sus ojos quebrados, mostrábase la firme convicción, aunque ya no orgullosa, de que seguiría ayunando.
-¡Limpien aquí! -ordenó el inspector, y enterraron al ayunador junto con la paja. Mas en la jaula pusieron una pantera joven. Era un gran placer, hasta para el más obtuso de sentidos, ver en aquella jaula, tanto tiempo vacía, la hermosa fiera que se revolcaba y daba saltos. Nada le faltaba. La comida que le gustaba traíansela sin largas cavilaciones sus guardianes. Ni siquiera parecía añorar la libertad. Aquel noble cuerpo, provisto de todo lo necesario para desgarrar lo que se le pusiera por delante, parecía llevar consigo la propia libertad; parecía estar escondida en cualquier rincón de su dentadura. Y la alegría de vivir brotaba con tan fuerte ardor de sus fauces, que no les era fácil a los espectadores poder hacerle frente. Pero se sobreponían a su temor, se apretaban contra la jaula y en modo alguno querían apartarse de allí.