miércoles, 3 de julio de 2013

Para que tu me oigas, Neruda



 que tú me oigas 

mis palabras
se adelgazan a veces
como las huellas de las gaviotas en las playas.

Collar, cascabel ebrio

para tus manos suaves como las uvas.
Y las miro lejanas mis palabras.

Más que mías son tuyas.
Van trepando en mi viejo dolor como las yedras.

Ellas trepan así por las paredes húmedas.

Eres tú la culpable de este juego sangriento.
Ellas están huyendo de mi guarida oscura.

Todo lo llenas tú, todo lo llenas.
Antes que tú poblaron la soledad que ocupas,

y están acostumbradas más que tú a mi tristeza.
Ahora quiero que digan lo que quiero decirte

para que tú las oigas como quiero que me oigas.
El viento de la angustia aún las suele arrastrar.

Huracanes de sueños aún a veces las tumban.
Escuchas otras voces en mi voz dolorida.
Llanto de viejas bocas, sangre de viejas súplicas.
Ámame, compañera. No me abandones. Sígueme.
Sígueme, compañera, en esa ola de angustia.

Pero se van tiñendo con tu amor mis palabras. 

Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas.
Voy haciendo de todas un collar infinito

para tus blancas manos, suaves como las uvas.

Cuerpo de una mujer. Pablo Neruda




Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos, 
te pareces al mundo en tu actitud de entrega. 
Mi cuerpo de labriego salvaje te socava 
y hace saltar el hijo del fondo de la tierra. 

Fui solo como un túnel. De mí huían los pájaros 
y en mí la noche entraba su invasión poderosa. 
Para sobrevivirme te forjé como un arma, 
como una flecha en mi arco, como una piedra en mi honda. 

Pero cae la hora de la venganza, y te amo. 
Cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme. 
Ah los vasos del pecho! Ah los ojos de ausencia! 
Ah las rosas del pubis! Ah tu voz lenta y triste! 

Cuerpo de mujer mía, persistiré en tu gracia. 
Mi sed, mi ansia sin límite, mi camino indeciso! 
Oscuros cauces donde la sed eterna sigue, 
y la fatiga sigue, y el dolor infinito.

martes, 2 de julio de 2013

LOS DOS CONSOLADOS, VOLTAIRE, FRANCIA



Decía un día el gran filosofo Citofilo a una dama desconsolada, y que tenía sobrado motivo para estarlo:
-Señora, la reina de Inglaterra, hija del gran Enrique IV, no fue menos desgraciada que usted: la echaron de su reino; se vio a pique de perecer en el océano en un naufragio, y presenció la muerte del rey su esposo en un patíbulo.
-Mucho lo siento -dijo la dama, y volvió a llorar sus desventuras propias.
-Acuérdese -dijo Citofilo- de María Estuardo, que estaba honradamente prendada de un guapo músico que tenía excelente voz de sochantre. Su marido mató al músico; y luego su buena amiga y pariente, la reina Isabel, que se decía doncella, le mandó cortar la cabeza en un cadalso colgado de luto, después de haberla tenido diez y ocho años presa.
-¡Cruel suceso! -respondió la señora; y se entregó de nuevo a su aflicción.
-Bien habrá oído mentar -siguió el consolador- a la hermosa Juana de Nápoles, que fue presa y ahorcada.
-Una idea confusa tengo de eso -dijo la afligida.
-Le contaré -añadió el otro- la aventura sucedida en mi tiempo de una soberana destronada después de cenar, y que ha muerto en una isla desierta.
-Toda esa historia la sé -respondió la dama.
-Pues le diré lo sucedido a otra gran princesa, mi discípula de filosofía. Tenía su amante, como lo tiene toda hermosa y gran princesa: entró un día su padre en su aposento, y cogió al amante con el rostro encendido y los ojos que como dos carbunclos resplandecían, y la princesa también con la cara muy encarnada. Disgustó tanto al padre el rostro del mancebo, que le sacudió la más enorme bofetada que hasta el día se ha pegado en toda su provincia. Cogió el amante las tenazas, y rompió la cabeza al padre de la dama, que estuvo mucho tiempo a la muerte, y aún tiene la señal de la herida: la princesa desatentada se tiró por la ventana, y se estropeó una pierna, de modo que aun el día de hoy se le conoce que cojea, aunque tiene hermoso cuerpo. Su amante fue condenado a muerte, por haber roto la cabeza a tan alto príncipe. Ya puede pensar en qué estado estaría la princesa, cuando sacaban a ahorcar a su amante; yo la iba a ver con frecuencia, cuando estaba ella en la cárcel, y siempre me hablaba de sus desdichas.
-¿Pues por qué no quiere que me duela yo de las mías? -le dijo la dama.
-Porque no es acertado dolerse de sus desgracias, y porque habiendo habido tantas principales señoras tan desventuradas, no parece bien que se desespere. Contemple a Hecuba, contemple a Niobe.
-¡Ah! -dijo la señora- si hubiera vivido yo en aquel tiempo, o en el de tantas hermosas princesas, y para su consuelo les hubiera usted contado mis desdichas, ¿lo habrían acaso escuchado?
Al día siguiente perdió el filósofo a su hijo único, y faltó poco para que se muriese de sentimiento. Mandó la señora hacer una lista de todos los monarcas que habían perdido a sus hijos, y se la llevó al filósofo, el cual la leyó, la encontró muy puntual, y siguió llorando. Al cabo de tres meses se volvieron a ver, y se pasmaron de hallarse muy contentos. Levantaron entonces una hermosa estatua al tiempo, con este rotulo: AL CONSOLADOR

Rulfo, entrevista completa


Rulfo, uno de los más grandes de la literatura de América, en una entrevista en la cual deja conocer todo lo que piensa, sus grandes obras y sus personajes hablan a través de él.

La ceguera, Borges




Borges habla sobre la ceguera.

lunes, 1 de julio de 2013

Dialogo sobre un dialogo, Borges.


A- Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernández repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre. Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba infinitamente la Cumparsita, esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron que es vieja... Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo.
Z (burlón)- Pero sospecho que al final no se resolvieron
A (ya en plena mística)- Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.

Odin, Borges



Se refiere que a la corte de Olaf Tryggvason, que se había convertido a la nueva fe, llegó una noche un hombre viejo, envuelto en una capa oscura y con el ala del sombrero sobre los ojos. El rey le preguntó si sabía hacer algo, el forastero contestó que sabía tocar el arpa y contar cuentos. Tocó en el arpa aires antiguos, habló de Gudrun y de Gunnar y, finalmente, refirió el nacimiento de Odín. Dijo que tres parcas vinieron, que las dos primeras le prometieron grandes felicidades y que la tercera dijo, colérica: -El niño no vivirá más que la vela que está ardiendo a su lado. Entonces los padres apagaron la vela para que Odín no muriera. Olaf Tryggvason descreyó de la historia, el forastero repitió que era cierto, sacó la vela y la encendió. Mientras la miraban arder, el hombre dijo que era tarde y que tenía que irse. Cuando la vela se hubo consumido, lo buscaron. A unos pasos de la casa del rey, Odín había muerto.